[ 23-05-2014 ]
Artículo publicado en el Blog de Rural Médulas
Lugar ideal para el deporte y el esparcimiento, el Lago de Carucedo,formado por las aguas utilizadas para sacar y lavar el oro,es un vestigio más que se conserva de la actividad minera del imperio romano. Desde la carretera general se aprecia toda la extensión del lago, con cuatro kilómetros de perímetro y treinta metros de profundidad.

El lago es un criadero de anguilas y patos silvestres. Se dice que era la reserva piscícola de los monjes de Carracedo, que no comían carne porque estaba demasiado pegada a la tierra. Como todo lago leonés está lleno de leyendas.

Una de ellas relata que fue formado por la abundancia de lágrimas de la Ondina Carissia, tan enamorada del general romano Tito Carissio; el que conquistó Lancia y dominó todo El Bierzo, tomando Castro Bérgidum, un altozano que hay cerca de Cacabelos. Pues la Ondina Carissia, que allí vivía en la legendaria ciudad de Lucerna, se enamoró perdidamente del guapo general latino. Pero el romano, dado que la ninfa era astur, raza y pueblo que los romanos tenían que dominar, la burló y la despreció. El amor no tiene razas ni fronteras; la ninfa sintió tal dolor que estuvo muchos años llorando, y tantas lágrimas derramó que se fue formando el mítico lago e inundando la legendaria ciudad de Lucerna. Así se llenó la hoya con agua cristalina, donde el sol refleja sus rayos en una tonalidad azulada, enmarcada entre las espadañas y las juncias.

Dice la leyenda que todos los años al amanecer del día de San Juan, cuando se abre el alba y el sol dora las aguas, se vislumbra al fondo el reflejo de la ciudad de Lucerna. En esa noche serena, sale la Ondina Carissia del lago de Carucedo a buscar un guapo mozo que la requiebre de amores. Pero como es tan grande el lago es difícil dar con ella. Alguna vez se ha encontrado en la mañana luminosa el peine de cuerno con alguna hebra de sol entre sus púas, que la ninfa se dejó olvidado en la orilla. Siempre hay algún visitante del lago de Carucedo que románticamente se acerca a la orilla y da un beso a sus aguas, para que el lago se lleve el testimonio afectivo del galán que siente la leyenda; y alguno cree percibir en las aguas azuladas algo así como un perfume de rosas silvestres.
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[ 28-03-2014 ]

...En Ponferrada fuimos directamente a comer al Bodegón, lugar conocido por sus famosas patatas bravas, cuya salsa es un secreto por el que merece la pena hacer la larga cola. Tras el café y la animada conversación de sobremesa, fuimos dando un paseo a visitar el Castillo de los Templarios, que a todos impresionó por su solidez y esencia histórica, y después fuimos a visitar la Basílica de la Encina, patrona del Bierzo. A unos 10 kilómetros de Ponferrada se encuentra Molinaseca, donde pasamos la noche, no sin antes hacer la obligada ronda de bodegas. Recuerdo especialmente las tapas y los cortos de vino del Mesón el Real, plagado de peregrinos incluso en pleno invierno. Pasamos la noche en aquel pueblo evocador de madera, piedra y pizarra, en el Hotel de Floriana, del que teníamos muy buenas referencias y que efectivamente nos resultó exquisito.

Con las energías recobradas y la buena fortuna del cielo azul, fuimos a visitar a la mañana siguiente el Parque de las Médulas. Desde el Mirador de Orellán se obtiene una espléndida panorámica, pero la visita se tornó especialmente mágica recorriendo las enormes cuevas horadadas por la actividad minera de los romanos en busca de oro. Después, de camino hacia Peñalba de Santiago, pudimos paladear toda la majestuosidad del Valle del Silencio, paisaje típico del Bierzo, espíritu leonés. Las calles franqueadas por antiguas casas de madera precedieron a una magnífica comida sin igual en el mismo Peñalba a base de botillo (una suerte de embutido típico de la zona) con cachelos (patata cocida), y por supuesto regada con el buen vino de la tierra. Visitamos rápidamente Villafranca del Bierzo y Cacabelos (cuna del vino berciano), desviándonos por una de sus salidas hacia el Palacio de Canedo, donde pasamos la última noche de nuestra breve escapada, impresionados por cada uno de los detalles de aquel maravilloso lugar rodeados de viñedos de los que procede el vino con el que regamos la velada.

Una mención especial al lacón con pimientos y cómo no, a la deliciosa tarta de castañas. A decir verdad, siempre es duro regresar de un viaje en el que todo ha salido a pedir de boca (como puede verse, nunca mejor dicho)
Rosa Mª. Casado (Barcelona)
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